SALOMON K42 2016. VILLA LA ANGOSTURA, NEUQUEN. Por Edgardo Barbieri.

Publicado: 26 diciembre, 2016 en TRAIL RUNNING

 

Desde que había visto fotos de esta carrera, había querido correrla. Ver a los corredores bajando del cerro Bayo, con los lagos y las montañas de picos nevados de fondo,  era algo que me extasiaba y me hacía soñar con correr ahí, pero en esos momentos, no tenía la preparación que se requería porque sólo corría sobre asfalto.
Desde el año pasado empecé a prepararme para el trail y este año decidí dedicarme por completo. Mi profe, Marcelo Villagra, me fue entrenando. Luego de haber terminado con éxito los 42k de Patagonia Run y los 50k de Ultra Amanecer Comechingón, empecé a preparar esta carrera.
Los meses pasaron, pasó el entrenamiento  y llegó el momento de ir a correr. El fin de semana del 17 de noviembre, metí mi vida en una mochila y me fui con un montón de expectativas a cumplir un sueño.  
Llegué a la villa y me acomodé en un pequeño hostel. Después, salí a recorrerla, fui a buscar el kit y por último, fui a la charla técnica.
La charla no fue de mucha ayuda, porque los organizadores se limitaron a repetir lo que estaba en las guías del sitio web.  Ahí empecé a encontrarme  con mis amigos corredores. A algunos sólo los conocía de Facebook y era la primera vez que los veía en persona.  Eso es algo que adoro de las carreras. Son días en que las distancias desaparecen y todos convivimos en un mismo lugar compartiendo montones de cosas, además de la competencia.


De vuelta en el hostel, había varios corredores tomando mate y contando experiencias de  carreras pasadas y en especial del K42. Me preparé mi mate y me senté a charlar con ellos.
Al término de la mateada, llegó la hora de organizarlo todo, empezando por ajustar la estrategia de la carrera con toda la información que había reunido. También consideré  la indumentaria a usar, revisé el plan de hidratación y de alimentación.  Todo quedó listo. Sólo faltaba cenar y descansar.
La cena fue un abundante plato de tallarines con salsa boloñesa. Con lo agotador que había sido el viaje fue fácil cerrar los ojos y dormir.
Me desperté temprano el sábado. Eran casi las 6 am. Era un día espectacular, en el cielo había algunas nubes y la temperatura era agradable. Estaba pronosticado un día soleado.
Todos los corredores del hostel, nos juntamos a desayunar. Como en mis entrenamientos, mis desayunos siempre empiezan con unos mates amargos y pepas de membrillo. A eso le sumo pan de salvado, mermelada,  pasas de uva y algunos frutos secos.  Luego del desayuno, partimos hacia la carrera.
Llegué, empecé a calentar y por último, me ubiqué y esperé la largada.
Antes de que me diera cuenta, ya estábamos corriendo, yendo por la calle principal, hasta que nos desviamos por una calle lateral de tierra, hacia el cerro Belvedere.
Luego de correr un trecho, hubo que atravesar un arroyo poco profundo. Ahí había colaboradores  que indican “pasar por el agua”. Pero yo busqué un camino de piedras y llegué saltando a la otra orilla sin mojarme.

Después del arroyo, se empieza a subir al Belvedere. Pasé por el puesto de atención en el mirador del cerro sin detenerme. Así lo había resuelto en la estrategia.
El camino hacia arriba, empezó a estrecharse. En esa parte, era casi imposible correr porque tenía corredores por detrás y por adelante y sólo se podía pasar de a uno. No quise arriesgarme a llevar mis bastones en el avión  y tener que despacharlos, por lo que los dejé en casa. Para subir, utilicé todas las técnicas a mi alcance. Desde usar las manos en los muslos, hasta gatear o sujetarme de las ramas si era necesario.
Al rato, estaba bajando del cerro. El descenso fue rápido, aunque algo trabado por las raíces de los árboles. Luego volví a cruzar el arroyo por una especie de puente hecho con troncos, que además tenía una cuerda a la altura del pecho, para pasar sujetándose de la misma. Luego, el circuito continuaba por tierra.
Como en los primeros puestos de paso, sólo había agua, fue necesario consumir geles. Después en los puestos que seguían, ya pude  consumir fruta y Gatorade. También aprovechaba  para recargar la mochila con agua.
Al cabo de unos kilómetros, empezó la subida al cerro Bayo. Al Belvedere, no tuve problemas en subirlo sin bastones, pero la subida al Bayo era más empinada y era preferible usar una rama en la que apoyarse. Iba atento mirando el suelo,  hasta que encontré un palo bastante largo y más o menos recto que me acompañó hasta bajar del cerro.
En la base del cerro, aproveché para recargarme completamente de energías. Comí desde papas fritas hasta gomitas de eucaliptus. Todo acompañado con coca cola. Mientas me preparaba para esta carrera, leí un artículo que  decía que había que entrenar el estómago para comer cualquier cosa que hubiera en la carrera. Y desde entonces, en los entrenamientos me llevé de todo en la mochila. Dulce y salado. Lo más complicado que llevé, fueron unas empanadas de carne caseras. Las primeras veces volvía con el estómago revuelto o con terribles dolores de panza. Pero fue fácil acostumbrarme.  
La subida hacía la cumbre comenzó por el bosque. El aroma de las maderas, de los pinos y de la tierra mojada por hilos de agua que descendían de la cumbre, hacía que las cuestas fueran llevaderas. Luego, llegué a un claro, donde ya no había árboles y el suelo era de una arenilla fina y clara.

El último tramo de subida me costó bastante, por lo empinado de la cuesta y la arenilla. Subía un trecho y cuando el camino cambiaba de dirección, tomaba un descanso de unos minutos. Subí como haciendo pasadas.
Casi en la cumbre, a los costados del camino, quedaba algo de nieve, que se iba derritiendo. De allí surgían los hilos de agua que se perdían en el bosque.  La nieve hacía que el viento en ese lugar fuese frío, aunque no tanto como para ponerme el rompeviento.
Por fin la cumbre. El cerro me regaló una vista panorámica espectacular de 360 grados. Hice una parada de varios minutos para sacar fotos, contemplar el paisaje y calmar las emociones internas por todo lo que representaba para mí estar ahí arriba. Lo más duro había pasado, pero quedaban muchos kilómetros por delante.
Inicié el descenso por las piedras  con mucho cuidado. Miraba  el paisaje y no lo podía creer. Estaba totalmente emocionado. Recuerdo que los fotógrafos pedían sonrisas que reflejaran la felicidad de haber conquistado el Bayo, pero  de mis ojos brotaban lágrimas. Eran lágrimas de alegría que contenían los entrenamiento, en el frio, en el calor, en la mañana temprano, haciendo pasadas en la arena en la costa del río, en las barrancas del Paraná, pero por sobre todo, eran de felicidad por estar corriendo en el lugar que había soñado años atrás. Mis ojos  no podían ver y mi cabeza no podía concentrarse en  el camino, afortunadamente mis pies pisaban con seguridad.  

El terreno duro de las piedras se cubrió con arena gruesa y oscura y algunas piedras pequeñas. Eso trajo a mi mente y a mis ojos de vuelta a la carrera. En lugar de ir despacio, empecé a ir rápido, a los saltos, enterrando los talones, para relajar los músculos de las piernas, y abriendo mis brazos. Fue una sensación totalmente nueva. A la libertad que sentía por estar  corriendo  en ese paisaje de ensueño, se sumó la sensación de flotar en la arena. Bajaba sin sentir el suelo debajo. A una buena velocidad.
Más abajo, la arena desapareció y la bajada se transformó en una pista de tierra totalmente llana, con curvas y contra curvas. Cambié la marcha, inclinando el cuerpo hacia adelante, aumenté la velocidad y fui bajando en zigzag. Mis brazos parecían alas. Todo mi cuerpo se acomodaba para seguir el camino.  Si bien entendía la idea de “bailar con la montaña”, recién aquí comprendí todo su significado.  Tenía la sensación de nunca haber corrido a tan alta velocidad. Después, en casa,  al ver lo que había registrado el pulsómetro, pude comprobar que así era. Ni siquiera en mis pasadas de 100 metros había alcanzado ese ritmo tan alto.

En la última parte, me encontré  con la calle y el circuito se metió por una senda que terminaba en un puentecito de madera techado.  Saliendo del puentecito, los últimos metros transcurrieron sobre la avenida.
La gente de la villa se había reunido para acompañar y alentar a los corredores, formando un cordón que llegaba a la meta.  A medida que me iba acercando,  escuchaba el aliento de la gente y de mis amigos que habían terminado antes la carrera y que se habían quedado a esperar a otros  corredores de sus equipos.  
Pasé la meta, entregué el chip y recibí la medalla. La carrera había terminado.  Caminé despacio unos metros y me senté en un lugar apartado, en silencio. Con mis pensamientos en lo que había vivido. Después me fui al encuentro de mis amigos.  Quedamos de acuerdo en ir a cenar para celebrar.  Y obvio,  la cena fueron pizzas y cerveza artesanal.  
El domingo a las 7 am ya estaba volviendo a la realidad. Después de 14 horas de viaje, llegué a casa.
Esta carrera me dejó un montón de sensaciones positivas que  me llenaron de satisfacción personal  y se conviertieron en energía para ir detrás de sueños más grandes.

“MV Adventure Team”

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s