100 MILLAS DE LA ULTRA FIORD POR Claudio Pereyra Moos

Publicado: 26 abril, 2016 en TRAIL RUNNING

Gran cronica de nuestro Ultra maratonista Claudio P. Moos, esto fue la Ultra Fiord 2016.

Participar de las 100 Millas de la Ultra Fiord (UF) es una experiencia muy intensa como para no compartir ideas que se piensan a lo largo de 30 horas de trote y marcha por los majestuosos fiordos patagónicos chilenos.

Es imposible terminar esta aventura extrema si no se fortalece la parte mental, pensando en positivo, acordándose de los seres queridos que nos alientan siempre, y meditando para encontrarse con uno mismo, para encontrarle las causas a las cosas que pasan en nuestra vida personal o a nuestra sociedad.

Insisto: hay que hacerlo porque si no es imposible correr o marchar casi sin parar a lo largo de 141 kilómetros (*) por caminos, huellas, senderos de barro, turba y piedras, arremetiendo violentas subidas y peores bajadas. Y soportando vientos fortísimos, temperaturas extremas que superaron los -10°C, lluvia, agua nieve y nieve…

UF es una carrera mental: sin cabeza fuerte no puede terminarse.

Con esta crónica en primera persona busco compartir las reflexiones que realicé a lo largo de 30 horas y 16 minutos. No lo hago para ensalzar mi ego sino todo lo contrario: aspiro humildemente a que sea un aporte al debate  sobre algunos temas fundamentales de nuestra sociedad, como así también para que sirva de inspiración a otros para superarse a sí mismos, más allá de las adversidades que puedan encontrar.

Superar los fantasmas del pasado

Tengo una carrera relativamente corta en esto de las maratones y ultramaratones de montaña: desde 2010, y hasta la Ultra Fiord 2016, había corrido exitosamente (leáse empezado y terminado) 11 ultramaratones y 7 maratones de montaña en los más diversos terrenos: montaña, desierto y selva.

Pero el año pasado venía de dos fracasos: en agosto, no había podido terminar los 170K del Ultra Trail du Mont Blanc francés (proyecto en el que había trabajado tres años) y, en diciembre, los 100K de la Vulcano Ultra Trail, en la inmediaciones del volcán Osorno chileno.

Para colmo de males, luego de haberme anotado en las 100 Millas de la UF, en enero me lesioné y estuve parado casi un mes, lo cual perjudicó demasiado mis planes de entrenamiento.

Todo ello se convirtió en un combo de miedos e inseguridades.

Por eso me había planteado seriamente abandonar las grandes distancias si fracasaba.

Era duro lo que tenía por delante.

Afortunadamente tuve el apoyo incondicional de mi entrenador, el tucumano Marcelo Villagra, y del centro de entrenamiento ácumen, donde entrené la parte mental y psicomotriz de la mano de los profesores Gastón Digarbo y Nico Nuñez. También el aliento de cientos amigos que me desearon lo mejor a través de Facebook en la previa de la carrera.

Noche fría…

La largada fue a las 23:59 del jueves pasado en la Estancia El Kark, unos 100K al noroeste de Puerto Natales. El frío era intenso, con una sensación térmica aún peor producto de un viento helado que soplaba insistentemente.

Sin embargo, gracias a la adrenalina y entusiasmo, a los cinco minutos de trote todo era calor. Y a los 20 minutos, una vez que ya “asenté” la “máquina”, todo era pleno disfrute…

Los primeros 16K, hasta el primer puesto de abastecimiento, los hice a un ritmo de entre 6’ y 6’ 30’’ el km ya que se corría por huellas por un terreno plano. El plan era ir bebiendo agua cada 15 minutos y aprovechar las reservas de glucógeno almacenadas durante semanas de consumo de abundante hidratos de carbono.

Luego de reponer agua y comer una banana seguí a un ritmo un poco más lento durante los próximos 13K ya que aparecieron los primeros desniveles moderados. Sin embargo disfrutaba al máximo el sonido de las aguas del lago El Toro que golpeaba cada tanto sobre mis oídos…

Ya en el segundo puesto de abastecimiento (K29) volví a reponer agua y comer otra banana para ya encarar más lento los próximos 6K que eran en subida hasta el puesto Mirador Grey, donde volví a reponer agua, comer otra banana y tomar un caldo tibio. A partir de ahí continuaban las subidas ya en terrenos con rebeldes senderos que se adentraban en misteriosos bosques…

Jugar con las sombras y pensar el futuro…

Ya a esa altura empecé a jugar con mi imaginación. A medida que avanzaba veía las sombras de árboles, ramas y troncos secos convertirse en los duendes de la noche. Y así tuve el primer hermoso recuerdo: el de mi señorita Teresita, la que en primer grado me enseñó a leer y escribir. Es que para aprender las vocales, ella las personificó en duendes… ¡Qué docente por Dios! ¡Cuánto le debo a “mi seño”! Si ella me enseñó a leer y comprender textos como nadie. Gracias a ella estoy escribiendo en estos momentos esta crónica. Y pensé la educación de lujo que tuvimos los argentinos, esa que nos hizo descollar en el mundo siendo líderes en Latinoamérica. Ahí me invadió la bronca cuando recordé que los últimos índices de educación PISA (**) dieron que, de 65 países evaluados, hoy Argentina está en el puesto 59, detrás de Chile, México, Uruguay, Costa Rica y Brasil ¿Qué hicimos tan mal? Recordé que un país sin educación no tiene futuro ¡Qué desafío tenemos por delante! Tenemos que mejorar nuestra educación. No hay otra, si queremos ser grandes como país y tener una sociedad verdaderamente democrática.

Reponer fuerzas para lo más duro

Así, entre duendes de bosques y reflexiones sobre el futuro de nuestra maltratada educación, llegué, tras 8 horas y 15 minutos, al primer gran objetivo: el Hotel del Paine, el K49 de la carrera.

Allí nos esperaba un confortable salón donde había comida de todo tipo. Así ingerí un plato de fideos con aceite de oliva y algunas rebanadas de queso. Además bebí dos cafés y una taza de caldo calientes. También elongué los principales grupos musculares y descansé un poco. Todo me llevó una hora aproximadamente.

Cordón rebelde…

Salí a un buen ritmo de trote los primeros 4,5K ya que eran un falso plano para luego empezar a arremeter la principal subida de la carrera: en aproximadamente 8,5K tuve que ganar unos 850 mts. de altura (para los mendocinos casi un cerro Gateado). En total hice 13K en casi tres horas (es decir media hora más de lo que me demanda en un entrenamiento trepar el Gateado). Todo iba como lo tenía planeado: hacer una carrera conservadora ya que el objetivo era terminarla. Ya en el punto más alto, en pleno cordón Chacabuco, a unos 850 msnm vendría la etapa más dura: una meseta de unos 8K a pura piedra (peor que en los ásperos cerros mendocinos) con una temperatura de unos -10°C y, lo más difícil, un viento blanco de por lo menos 50 km/h, de frente, con nieve o agua nieve… La travesía fue un verdadero martirio: porque los pies sufrían las inclementes piedras y el resto del cuerpo el crudo frío. No podía correr. Ya sentía el sueño por una noche sin dormir. Y encima no podía sentarme a descansar. Estar 5 minutos quieto allí era el camino seguro a una hipotermia y, casi seguro, a la muerte…

Desde ese momento saqué a relucir la fortaleza mental que cultivé, vía ejercicios de avanzada, tras meses de entrenamiento en ácumen, el centro deportivo de La Pirámide Sportvision. Podía mantener la mirada recta para no perder el objetivo de frente, pero (moviendo los ojos a ambos lados y hacia arriba y abajo) tenía una buena visión periférica para no perder el sentido de la ubicación y del equilibrio. Era imposible correr. Pero no me detenía. Y le saqué algo positivo al crudo frío: el viento helado me despabiló y perdí el sueño. Así, tras dos horas de marcha empecé el descenso por una quebrada que terminaba en un bosque encantado.

¿Venía lo más fácil? No. Lo peor pasó pero ahora había que afrontar una pendiente descendente grosa pero plena de barro y piedra. No podía trotar. A bajar con cuidado. A pesar de la precaución me vivía resbalando y cayendo al lodo. Para colmo quedó herido mi orgullo: en una de las caídas fui filmado por un camarógrafo japonés de la cadena NHK ¡Quedé escrachado! La humorada sirvió para seguir a paso firme.

El bosque encantado…

Así las cosas, en pleno descenso me topé, ya en el K72 con otro puesto de asistencia donde repuse agua comí un poco y seguí camino. Pensé que podría trotar, pero ello fue muy difícil: si bien nos adentramos en un extasiante y hermoso bosque de tonos ocres, matizados con el blanco de la nieve que no paraba de caer, los senderos eran puro barro y turba (***). Ello implicaba enterrar los pies en forma permanente y, en algunos casos, las piernas hasta las rodillas. A chapotear y seguir. El sufrimiento era tal que rogaba pasar por arroyos de agua helada para “limpiar” las zapatillas de barro.

A los pocos minutos de estar en el “bosque encantado” (tal como lo bautizamos los trail runners) empecé a sentirme frustrado porque empezaban a pasarme como parado varios atletas “¡Qué mal estoy!”, me dije. Sin embargo al rato me di cuenta que los que me superaban eran los corredores de los 50K que tenían piernas más frescas.

El sendero seguía en bajada, pero aún así no podía trotar, por el barro que me hacía resbalar y caer y porque quería cuidar cuádriceps y articulaciones (si no lo hacés a esa altura, al final de la carrera no tenés piernas para terminar). Para colmo de males, grandes trechos los hacía en la soledad absoluta. Allí empezaba de nuevo el juego de la fortaleza mental. “Hacete fuerte convirtiendo en fuerza positiva los apoyos que tenés, como tu familia o amigos”, me había dicho mi profesor de ácumen Gastón Digarbo. Así se me vinieron a la mente los cientos de saludos de aliento de mis amigos en Facebook. “No les puedo fallar”, dije. Y seguí firme. Para colmo, en los kilómetros 80 y 85 tenía que encontrarme con puestos de abastecimiento y no aparecían, lo cual me puso nervioso. Al rato me encuentro con colegas de otras distancias y tiramos juntos hasta el puesto que debe haber aparecido recién entre los km 88 a 90. Los chicos de la carrera me cargaron mis  bidones  con agua y me convidaron un caldo caliente. Luego de un breve descanso seguí mi marcha para aprovechar al máximo la luz del día. Ya era tarde y temía lo que finalmente ocurrió: me agarraría la noche en pleno bosque…

Amigos son los amigos

Cuando empezaba a oscurecer me topé con dos colegas de las 100 millas, Hery y Ronald, dos chilenos con los que decidimos hacer camino juntos. A pesar de la marcha continua y firme la noche nos agarró cansados. A atravesar charcos de  barro y agua a oscuras. Cuando me doy cuenta no tenía puesta la linterna frontal, pero me guío con la luz de mis amigos. Unos km más adelante nos topamos con Alejandro, un fotógrafo que me presta una linterna para que no me detenga a sacar la mía de mi mochila.

Hery y Ronald me ayudan a no perder el ritmo y la dirección. Así tras una marcha interminable llegamos al K97, la ansiada Estancia Perales, donde nos espera comida caliente y bebidas cola para despabilarnos con la cafeína. También pude cambiar mi calzado. Era cerca de las 22.30 horas del viernes. Todo me llevó unos 40 minutos ya que a las 23:10 parto hacia la meta. Aún me faltan 44K.

Trotar junto al mar

En Perales me despido de mis amigos Hery y Ronald que deciden quedarse a descansar un poco más. “Me voy ya porque si me quedo un rato más abandono”, les digo. Les estrecho la diestra y parto.

Me esperan 38K de caminos y huellas de tierra y 6K de asfalto. Los desniveles serán moderados y “fáciles”. Salvo por un detalle: ya llevo dos noches sin dormir.

Sin embargo, al poco de salir me doy cuenta que mi estrategia de carrera dio resultado: tengo piernas para trotar bien en planos y bajadas y trekear rápido las subidas. De esta manera me fijo un objetivo: llegar a la meta antes de las 6 de la mañana para hacer menos de 30 horas.

Todo mejora porque se cumple un sueño, tengo que costear fiordos. Y encima de noche. Siento en mis pulmones el aire del mar que me da vitalidad. Corro oyendo el suave cantar de las olas. El viento me da en la espalda y me impulsa a trotar más cómodo. Viene una trepada y trekeo rápido con la ayuda de mis bastones. Viene una bajada y troto. Estoy solo. Creo que estoy relegado en las posiciones. Me angustio. Pero veo lo positivo: ¡voy a terminar! Al ratito supero a una corredora. La saludo. Sigo. Supero a dos más y a otro. Luego doy alcance a una pareja y la paso sin mirar. A los pocos minutos me alcanzan. “Venimos a hacerte compañía”, me dije el flaco que resulta ser mi amigo Andy Spinelli, junto a su coequiper y amiga Laura Gordiola. Tiramos juntos un trecho. Pero al poco tiempo los dejo atrás. Sigo pasando competidores. Me alegro. Y sigo…

Hay algo negativo: no hay señales en la ruta, lo cual me hace dudar si voy por el camino correcto. Para colmo de males el puesto de asistencia que estaba previsto en el K108 no aparece. Afortunadamente tengo agua en mis bidones. Sigo superando  competidores. Me alegro. Continúo la marcha por una recta interminable: trekeo subidas y troto bajadas. Así, finalmente, en el K120 aparece un puesto de asistencia que registra mi paso. El responsable llena de agua mis bidones. Me ofrece galletas. Declino. Y continúo una marcha frenética. Paso a otros corredores y quedo solo. Completamente solo. El cansancio me llega y me da sueño…

Fría oscuridad, fracasos y esperanza…

A los costados de la ruta veo una finca con un prolijo alambrado. De éste veo colgadas esculturas que asemejan máscaras que se mueven al son del viento helado. Me asusto. Caigo en la cuenta que es mi imaginación activada por las alucinaciones del cansancio. En realidad son hojas que se mecen por las ráfagas de aire que van de un lado a otro…

De repente aparece la fría oscuridad y me ganan los miedos… Aparecen los fracasos de mi vida… Se ríen de mí… Se burlan… Tiemblo …

De repente siento la calidez en mis manos… Me las toman mi hermana menor Paola, pero siendo niña, y mi hija Camila… “Lalo estoy orgullosa de vos, dale, seguí que te espero en la meta así jugamos y vemos tele juntos…”, me dice Pao. “Papito, cuidate que te amo, te espero en la llegada y leemos juntos el diario…” me dice Cami. De repente siento frío en las mejillas. Son lágrimas. Me despierto. Caigo en la cuenta que estoy solo. Lloro desconsoladamente. Y surge la maldita pregunta de siempre “¿Qué hacés acá Claudio?” La respuesta es rápida: “¡Estoy para ser feliz!” Con el buff que me protege el cuello me seco las lágrimas y grito. “¡Pao, Cami! ¡Allá voy!” Corro desenfrenadamente.

La llegada

Las señales no aparecen, creo que me perdí. Me alcanza una pareja: una costarricense, Cinthya Castro, y un chico. Me quejo por la ausencia de señales y despotrico porque, creo, estamos perdidos. Caminamos juntos un tramo y los dejo atrás. A los 2K veo un cartel que dice “Puerto Natales” doblo a la derecha y me encuentro con la ansiada Ruta 9 que me llevará a la meta. Los autos que pasan tocan bocina alentándome. Me encuentro con un brasilero. Está cansado como yo pero quiere llegar primero que yo. Troto y trota conmigo. Camino y camina conmigo. Le pregunto la edad “38”, me dice. No es mi categoría. No puedo seguirle el ritmo y dejo que se vaya. Llego al cruce de una calle donde un auto me hace cambio de luces y el tripulante me dice: “sube 5 cuadras y dobla a la derecha hasta la plaza”. Cuento 5 y doblo. Me encuentro con la plaza. Veo el arco de llegada pero al revés. Es que me pasé una cuadra y aparecí en la otra punta. Circundo la plaza y paso el arco como corresponde ¡Llegué! 30 horas y 16 minutos. Es la 6 y 16 del sábado. 27° en la general (de 91 corredores que largaron).

Una meta más. Un objetivo más. Un sueño más

¿Cuál será el próximo?

Continuará…

Referencias

(*) La UF era de 100 millas (164K) pero el mal tiempo obligó a los organizadores a bajar el recorrido a 141K.

(**) PISA: Informe del Progreso Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA por sus siglas en inglés) Su índice se basa en el análisis del rendimiento de estudiantes de 15 años de edad a partir de unos exámenes que se realizan cada tres años en varios países con el fin de determinar la valoración internacional de los alumnos. El informe es de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos).

(***) Turba: acumulación de tejidos de plantas que crecieron sobre los restos de otras ya descompuestas.

Esta aventura deportiva y periodística contó con la colaboración de:

– Marcelo Fabián Villagra, entrenador y ultramaratonista (mvtrainner@hotmail.com)

– La Pirámide SportVision (Colón 665, Ciudad, Mendoza).

– Centro Deportivo ácumen (Colón 665, Ciudad, Mendoza).

– Instituto Austral: Diario Estadio cubrió esta carrera “desde adentro” ya que el responsable de esta nota la corrió bajo el concepto de “corredor cardioseguro” de Instituto Austral, donde se hizo los estudios cardiológicos necesarios de la mano de excelentes profesionales.

Instituto Austral
Dirección: Montevideo 718, Ciudad, Mendoza.
Teléfono: (0261) 4235884.
Mail: info@institutoaustral.com
Facebook: www.facebook.com/institutoaustralmendoza/timeline

– Centro Médico Barraquero del kinesiólogo y ultra maratonista Gustavo Gómez (Tel. 4248113)

– Joaquín Andrés Carra, traumatólogo y ultramaratonista (Saluber, tel. 4380654)

– Especial agradecimiento a José “Pepe” Genovese de AMA (Asociación Mendocina de Atletismo)

“MV Adventure Team”

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